sábado, 17 de enero de 2015

El escritor de las orillas

Soy de esa clase de lectores que antes de empezar a leer un libro o a un autor buscan toda la información posible sobre él: el artículo en Wikipedia, reseñas, entrevistas, artículos, todo. Es decir, soy de los que Cortázar llamó "lectores pasivos". No porque no me guste la literatura que rompa con las formas convencionales, sino por el temor de que la innovación formal sea puesta por encima de la legibilidad de la narración (como sucede en Las olasCambio de piel o en cualquier texto vanguardista de los años 30). Aunque para muchos esto le quita algo de emoción y riesgo, para otros el tener un "mapa de lectura" o una noción general de lo que se está contando ayuda a comprender y disfrutar mejor de la obra. Como el sexo con protección, es menos emocionante pero más seguro. 

Por lo mismo, me sorprendió no encontrar casi nada de Juan José Saer. En Youtube hay dos entrevistas que le hicieron en Los siete locos, en 1997 y en 2000 (imperdible la segunda, donde al terminar Cristina Mucci dice "me hubiera gustado más tiempo" y Saer le responde "no, al contrario"); una mesa redonda con Cortázar, Roa Bastos y Sarquís grabada en Francia en 1978 y con un audio de pésima calidad; dos homenajes del canal Encuentro, en uno de los cuales aparece hablando sobre su vida y su obra, y poco más: algunas reseñas dispersas en blogs, entrevistas en distintos diarios, alusiones a un documental (Retrato de Juan José Saer) que parece inconseguible y muchos, muchísimos, aburridos y secantes análisis universitarios. La abundancia de aparato crítico académico,sumada a algunas reseñas negativas, me dieron la idea de que era un autor para lectores especializados más que de lectores hedonistas. Como James Joyce, Saer sería uno de esos tipos de los que es mejor leer sobre ellos que a ellos mismos. Pero al acercarme a sus libros descubrí que a diferencia del irlandés,que con el tiempo desarrolló una patológica obsesión con el alarde experimental y los simbolismos, Saer es un autor exigente pero generoso, que recompensa a quien se anime con su escritura. 

Algo que distingue a Saer de la mayoría de los escritores argentinos, o de la mayoría de los escritores a secas, es su autoconvencimiento. Al leer sus libros pareciera que desde un principio tenía muy en claro lo que quería decir, pero no cómo; y que toda su obra no es más que la repetición exhaustiva de un mismo tema, un intento por agotar lo inagotable, que por lo mismo está condenado a ser una obra siempre abierta e inconclusa. En un curioso juego de metaficción, sus personajes conversan y teorizan a menudo sobre temas como la literatura, la naturaleza del tiempo, la materialidad de lo real, los límites y las posibilidades de la memoria, mientras toman un vino o comen un asado. A la recurrencia temática se le agrega la recurrencia de un espacio (la ciudad de Santa Fe y alrededores) y de un grupo de personajes (Tomatis, Barco, el Matemático, Pichón y el Gato Garay, Leto, Washington Noriega), un rasgo claramente faulkneriano, también presente en otros autores latinoamericanos, Onetti especialmente, pero que en Saer toma características propias, que vuelven a su obra una de las mejores y más espléndidas de la lengua castellana. Lejos del fatalismo bíblico de Faulkner o el cínico pesimismo de Onetti, los personajes de Saer celebran la amistad: casi todas sus novelas parten de un encuentro, que puede ir desde una caminata entre dos amigos (La vuelta completaGlosa), pasando por una charla en un bar (La pesquisa) hasta un grupo que se reúne para una comida (El limonero realLa grande) y por eso mismo resultan más entrañables, más cercanos, algo que se sostiene por la permanencia de un texto a otro, lo que permite verlos como amigos a los que visitamos de vez en cuando. Esto no quiere decir que sus novelas sean ingenuas y optimistas (todo lo contrario), sino que se trata de reivindicar las experiencias positivas frente a las adversidades y los inevitables desgarramientos que se tienen a lo largo de la vida, con el paso de los años. Esto se muestra de manera excepcional en Glosa, la mejor novela de Saer junto con Nadie nada nuncaLo imborrable y La grande, en la que, al mismo tiempo que acompañamos a Leto y el Matemático durante una caminata de veinte cuadras por el centro de la ciudad, asistimos al relato de la fiesta de cumpleaños de Washington Noriega, a la cual ninguno de los dos asistió. En el medio hay un encuentro con Tomatis, que da una versión diferente de los hechos, recuerdos de ambos personajes y hasta recuerdos "del futuro", en donde se nos cuenta qué será de ellos. Al terminar la novela queda la sensación de haberse despedido de dos amigos a los que ya no se volverá a ver (idea justificada, ya que en las últimas páginas se nos cuenta el destino que le depara a varios de los personajes del grupo original, veinte años después).



La imagen que se tiene de él como escritor de culto obedece, en primera instancia, a una decisión personal y estética: Saer no sólo desarrolló una escritura alejada de las corrientes literarias mayoritarias, aun cuando escribió en la época de mayor expansión de la literatura latinoamericana (el boom de los años 60, al que desdeñó antes que nadie y como pocos), sino que se creó una tradición de precursores marginales: Juan L. Ortiz, Antonio Di Benedetto, Roberto Arlt, Jorge Luis Borges (cuando no ocupaba el centro de la escena literaria argentina; como Piglia, Saer desdeñó toda la obra borgeana posterior a 1960). En cuanto a autores extranjeros, reivindicaba a aquellos que, o bien ya no se leían (Thomas Mann) o que por su estilo no fueran mayoritarios (Proust, Faulkner). En sus últimos años, ya alcanzado el reconocimiento crítico y en cierta medida público, llevaría su posición anticomercial a un extremo lindante con el esnobismo, lanzando diatribas contra Paulo Coelho en cuanta entrevista pudiera, ofendido porque el brasilero mencionaba a Borges como una de sus influencias y lo comparaba con Jorge Amado.

Lo otro que hizo de Saer un autor minoritario es el acompañamiento que la crítica académica le hizo a partir de 1980. El problema fue que, quizá en el apuro por adelantarse a presentar un talento desconocido, o en un gesto de reparación por haberlo dejado pasar de largo por tanto tiempo (Saer ya llevaba publicadas cuatro novelas y cuatro libros de cuentos, además de un libro de poemas), empezaron promoviéndolo desde sus textos más experimentales: El limonero real y, en menor medida, Nadie nada nunca. Son novelas en las que la mirada del autor, una mirada caleidoscópica, cinematográfica, metafísica, que deconstruye la realidad y el tiempo por medio de una descripción minuciosa de los espacios y las acciones narrativas, alcanza cotas de una sugestión increíble, casi lisérgica. Saer debe ser la experiencia literaria más cercana a un viaje de ácido:

"El chorro de agua se hace más denso - es blanco, árido y opaco ahora - y las partículas transparentes en que se deshace al chocar contra sus manos brillan en los primeros rayos del sol que atraviesan el cielo horizontales y destellan en las hojas de los árboles y en las gotas que se deslizan por la piel flácida de su cuello. (...) El Negro llega en seguida, su pelo negro emitiendo destellos azulados, y empieza a jugar con las patas en la cabeza del Chiquito. Éste se sacude violento, dos o tres veces, y después corre hacia atrás, seguido por el Negro. Sus ladridos resuenan en el aire inmóvil que está comenzando a entibiarse. A mediodía el sol calcinará el aire, lo hará polvo; la arena de la costa se pondrá blanca, la tierra parecerá cocida y después como encalada, y cruzando el río y a una hora de a pie desde la otra orilla, el camino de asfalto que lleva a la ciudad se llenará de espejismos de agua."
"No hay, al principio, nada. Nada. El río liso, dorado, sin una sola arruga, y detrás, baja, polvorienta, en pleno sol, su barranca cayendo suave, medio comida por el agua, la isla. (...) Va cortando, sobre la tabla, sin apuro, rodajas de salamín. Cuando ha cubierto casi toda la superficie del plato blanco de rodajas rojizas, lo pone en el centro de la mesa, junto al pan y los vasos. Saca de la heladera una botella de vino tinto llena todavía hasta la mitad y la deja entre los dos vasos." 

En sus novelas y cuentos anteriores y posteriores, Saer contiene el afán joyceano de llevar sus recursos narrativos al límite (excepto en La mayor, un relato de más de treinta páginas donde Tomatis reflexiona sobre todo lo que ve y siente, en una prosa de una morosidad que roza lo ilegible. Si El limonero real es UlisesLa mayor es Finnegans Wake) y logra textos igualmente notables y entretenidos, ya que, aunque Saer decía que en sus novelas le interesaba más la forma que el argumento, lo cierto es que también era capaz de contar historias interesantes: el asesinato de una mujer a manos de su esposo (Cicatrices), el naufragio de un grumete de quince años a manos de una tribu de caníbales que lo adoptan como un hijo (El entenado), un grupo de locos que recorre la pampa guiados por unos médicos (Las nubes), un asesino de caballos (Nadie nada nunca), un asesino serial de ancianas (La pesquisa), el regreso de un hombre a la ciudad después de treinta años que se cruza con la búsqueda de la historia de un movimiento poético (La grande). Incluso hay un cuento, El taximetrista, sospechosamente parecido a Taxi Driver, la película que convirtió a Scorsese de la noche a la mañana en una celebridad. 

Saer pasó los últimos ocho años de su vida escribiendo su más ambiciosa novela, La grande. Ambientada en los años 90, reúne a todos los personajes principales en un asado en donde se cruzan dos tiempos, el pasado (representado por ellos mismos y por los fantasmas de aquellos que ya no están) y el futuro (representado por los personajes más jóvenes). El hecho de que Saer haya muerto antes de terminarla impuso una lectura clausuratoria, como si la obra cerrara su universo narrativo. Sólo unos pocos señalaron que, lejos de clausurarlo, La grande lo expande más de lo que ya estaba, renovándolo y actualizándolo. Porque el río y la ciudad de Saer, como el río y la ciudad que lo inspiraron, siguen transcurriendo más allá de sus libros, en un mundo que ya forma parte de nosotros y de aquellos que lo seguirán leyendo, y que seguirán descubriendo en ellos el infinito esplendor de la espesa selva de lo real. 

1 comentario:

  1. Sin palabras, mi Santi! no tengo idea de quién es el tipo y ya quiero leerlo. Qué bien lo has vendido. Es un recorrido tan minusioso, que bien podría compararse a la redacción de Saer, que según leí acá, cuidaba con extrema delicadeza el detalle de la descripción; aunque debo admitir que eso de que critique a PC estuvo feo, pues un escritor bajo ningún concepto debe permitirse acentuar su poca fama haciéndole sombra a otro; pero eso fue problema de él y bien que lo tragiste a colación, porque le das balance al texto. Te admiro! Me encantó!

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